II Domingo Ordinario

Fr. Augusto Berrio, SJ

II Domingo Ordinario

Domingo 2 A

Pocas veces, una buena historia de detectives, aparece obvia inmediatamente. Tiene que ser leída, con atención, varias veces. Tenemos que descubrir los puntos clave, y pensarlos, para que finalmente, encajen en la historia, como en un rompecabezas. Solo entonces podemos esperar descubrir en la trama ¿Quién hizo qué, y a quién y porque? Hay algo parecido en la lectura corta del evangelio de hoy.   Solo, cuando hayamos descubierto los puntos claves, podemos apreciar su significado completo. Estos son los puntos claves, en forma de pregunta: ¿Porqué, al parecer, Juan el Bta. Se sobrepasa al hablar de Jesús? ¿ Porqué lo presenta como de más categoría, importancia y significado, que él mismo? Después de todo, Juan el Bta. es mayor en edad que Jesús y más experimentado en el trato con la gente. ¿A qué se refiere cuando habla del bautismo de Jesús, como distinto al suyo: en agua y en el Espíritu Santo? En un comienzo, Juan admitió no conocer quién era Jesús, ¿Qué le hizo cambiar, para proclamarlo después como “El Cordero de Dios, enviado por Él? Aquí también, como en cualquier historia de detectives, hay algo más que debemos saber. Aquí, los expertos en las Sagradas Escrituras, nos pueden servir como detectives. Ellos nos explican cómo Juan el Bautista tenía un grupo de admiradores, que le eran muy fieles, y aun después de su muerte por órden de Herodes, siguieron creyendo en él, como el Mesías esperado de Dios. Lo proclamaban como superior a Jesús, y hasta finales del siglo primero, siguieron perturbando a la Iglesia, practicando el bautismo de Juan.

En el evangelio de hoy, el evangelista San Juan refuta los argumentos de los seguidores de Juan el Bautista. Presenta a Juan el Bautista reconociendo a Jesús como más importante que él, porque afirmó: “Él existía antes que yo”. Jesús, en su humildad, aceptó el bautismo de Juan, pero en ese momento se reveló su identidad verdadera: El Espíritu Santo descendió sobre Él, y Juan Bautista, por esa señal, lo reconoció como el Mesías esperado, quien bautizaría a sus seguidores, con la fuerza del Espíritu Santo. Luego, lo proclamó delante de todos, como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.  Y presentó su relación con Jesús, con estas palabras llenas de humildad: “Conviene que Él crezca y yo desaparezca”.

En cada Misa, antes de la comunión, oímos las mismas palabras de Juan el Batista: “Mirad al Cordero de Dios, al que quita los pecados del mundo”. Que bendición sería, si tomáramos esas palabras como un recordatorio para imitar la misión de Juan el Bautista. El Papa Francisco, con frecuencia, nos previene del peligro de ser autoreferenciales, es decir, de ponernos a nosotros mismos, como el centro de todo.  Juan el Bautista se nos presenta como un ejemplo para imitar.  Lleno de amor por Jesús, siempre está pronto para desviar la atención de sí mismo, para dirigirla hacia Jesús. Nosotros, como bautizados en el Espíritu Santo, con la gracia de Dios, debemos imitar a Juan el Bautista, dirigiendo la atención hacia Jesús, no solo con palabras, cuando la ocasión se presente, sino sobre todo con nuestra vida diaria. Si nuestra vida no está centrada en el Señor, no tiene sentido.  Amén

Domingo 2 A

Pocas veces, una buena historia de detectives, aparece obvia inmediatamente. Tiene que ser leída, con atención, varias veces. Tenemos que descubrir los puntos clave, y pensarlos, para que finalmente, encajen en la historia, como en un rompecabezas. Solo entonces podemos esperar descubrir en la trama ¿Quién hizo qué, y a quién y porque? Hay algo parecido en la lectura corta del evangelio de hoy.   Solo, cuando hayamos descubierto los puntos claves, podemos apreciar su significado completo. Estos son los puntos claves, en forma de pregunta: ¿Porqué, al parecer, Juan el Bta. Se sobrepasa al hablar de Jesús? ¿ Porqué lo presenta como de más categoría, importancia y significado, que él mismo? Después de todo, Juan el Bta. es mayor en edad que Jesús y más experimentado en el trato con la gente. ¿A qué se refiere cuando habla del bautismo de Jesús, como distinto al suyo: en agua y en el Espíritu Santo? En un comienzo, Juan admitió no conocer quién era Jesús, ¿Qué le hizo cambiar, para proclamarlo después como “El Cordero de Dios, enviado por Él? Aquí también, como en cualquier historia de detectives, hay algo más que debemos saber. Aquí, los expertos en las Sagradas Escrituras, nos pueden servir como detectives. Ellos nos explican cómo Juan el Bautista tenía un grupo de admiradores, que le eran muy fieles, y aun después de su muerte por órden de Herodes, siguieron creyendo en él, como el Mesías esperado de Dios. Lo proclamaban como superior a Jesús, y hasta finales del siglo primero, siguieron perturbando a la Iglesia, practicando el bautismo de Juan.

En el evangelio de hoy, el evangelista San Juan refuta los argumentos de los seguidores de Juan el Bautista. Presenta a Juan el Bautista reconociendo a Jesús como más importante que él, porque afirmó: “Él existía antes que yo”. Jesús, en su humildad, aceptó el bautismo de Juan, pero en ese momento se reveló su identidad verdadera: El Espíritu Santo descendió sobre Él, y Juan Bautista, por esa señal, lo reconoció como el Mesías esperado, quien bautizaría a sus seguidores, con la fuerza del Espíritu Santo. Luego, lo proclamó delante de todos, como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.  Y presentó su relación con Jesús, con estas palabras llenas de humildad: “Conviene que Él crezca y yo desaparezca”.

En cada Misa, antes de la comunión, oímos las mismas palabras de Juan el Batista: “Mirad al Cordero de Dios, al que quita los pecados del mundo”. Que bendición sería, si tomáramos esas palabras como un recordatorio para imitar la misión de Juan el Bautista. El Papa Francisco, con frecuencia, nos previene del peligro de ser autoreferenciales, es decir, de ponernos a nosotros mismos, como el centro de todo.  Juan el Bautista se nos presenta como un ejemplo para imitar.  Lleno de amor por Jesús, siempre está pronto para desviar la atención de sí mismo, para dirigirla hacia Jesús. Nosotros, como bautizados en el Espíritu Santo, con la gracia de Dios, debemos imitar a Juan el Bautista, dirigiendo la atención hacia Jesús, no solo con palabras, cuando la ocasión se presente, sino sobre todo con nuestra vida diaria. Si nuestra vida no está centrada en el Señor, no tiene sentido.  Amén