III Domingo de Adviento

Fr. Augusto Berrio, SJ

III Domingo de Adviento

Adviento 3 A

Un monasterio, antes muy famoso, estaba pasando por una crisis fatal. En otro tiempo albergaba a una comunidad religiosa, vibrante y feliz. Sus campos, bien sembrados, producían cosechas abundantes. Los visitantes eran numerosos, participaban en sus cantos litúrgicos y regresaban a sus casas llenos de paz y con los productos que vendían  los monjes, hechos con su trabajo. Cada año entraban vocaciones nuevas. Pero tanta belleza empezó a decaer. La mayoría de los monjes estaban viejos y parecían amargados. Tanto el edificio como los campos se veían descuidados.  Los visitantes no volvieron y ya no tenían vocaciones. El Abad, muy preocupado, decidió visitar otro monasterio floreciente, para consultar sobre su situación. El Abad anfitrión, le escuchó en silencio. Luego le dijo: “Su problema es éste: El Mesías está en medio de ustedes, pero no lo reconocen”. El Abad, intrigado, regresó a su monasterio, reunió a la comunidad y les contó lo que el otro abad había dicho. Los monjes, sorprendidos, se preguntaban ¿Cuál de ellos sería el Mesías? Su actitud empezó a ser diferente. Cuando antes álguien pensaba: “Ahí viene ese pesado. No lo soporto”. Ahora se preguntaba: ¿Qué tal si ese fuera el Mesías? En consecuencia, empezaron a tratarse con respeto y caridad. Energía nueva se infundió en la comunidad. Los campos y el edificio mejoraron. Los visitantes volvieron a venir y las vocaciones aumentaron.

En este tercer domingo de Adviento, encontramos a Juan el Bautista en la cárcel y cercano a la muerte, en manos de Herodes. Antes de morir quería estar seguro de que no había cometido un error al señalar a Jesús como el Mesías enviado por Dios, para salvarnos. Mandó a sus discípulos a preguntarle “ ¿  Eres tú el que iba a venir o esperamos a otro? “  Jesús les manda observar lo que les rodea. En el monasterio que estaba en crisis, los monjes tuvieron que buscar señales de la presencia del Mesías entre ellos. Jesús manda a los mensajeros, contar a Juan lo que vieron: (según lo anunciado por Isaías( “Los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos quedan límpios, los muertos resucitan y la Buena Nueva se proclama a los pobres”. Se necesita algo más, para descubrir la presencia del Reino de Dios, entre nosotros: “Bienaventurados los que no han perdido la fe en mí” . ¿Acaso se refería a Juan? Sí, pero en el sentido de que Juan es el que más fácilmente puede descubrir las señales de la presencia del Mesías. Los mensajeros tenían que estar convencidos de lo que veían para comunicárselo a su maestro. Si no, son como los que dice Isaías: “Oyen pero no entienden, ven pero no perciben”.  Juan es aquel de quien Jesús dijo: “Feliz el que no ha perdido la fe en mí”.  La pregunta pendiente es: ¿Cómo reconocemos las señales de que el Reino de Dios está presente entre nosotros hoy? La respuesta es la misma, como en tiempo de Jesús: “ Los ciegos ven, los sordos oyen, la Buena Nueva es proclamada a los pobres”.  Mucha gente hoy día, no tiene cómo defenderse. Son los sin voz, entre nosotros. Pero nosotros podemos hablar por ellos, y hacerles ver sus derechos. No podemos permanecer indiferentes ante las injusticias. Cuando hacemos algo para remediarlo, proclamamos la Buena Nueva. Aunque no podamos curar a los leprosos, si podemos hacer que nadie, en nuestra presencia, se sienta inferior o excluído. Juan el Bautista fue una figura Profética, como ninguno, pues fue testigo del enviado por Dios para salvarnos. También nosotros, por el Bautismo, nos incorporamos a la acción profética de Jesús. Toda nuestra vida debe ser la proclamación de la Buena Nueva de Salvación. Amén.

Adviento 3 A

Un monasterio, antes muy famoso, estaba pasando por una crisis fatal. En otro tiempo albergaba a una comunidad religiosa, vibrante y feliz. Sus campos, bien sembrados, producían cosechas abundantes. Los visitantes eran numerosos, participaban en sus cantos litúrgicos y regresaban a sus casas llenos de paz y con los productos que vendían  los monjes, hechos con su trabajo. Cada año entraban vocaciones nuevas. Pero tanta belleza empezó a decaer. La mayoría de los monjes estaban viejos y parecían amargados. Tanto el edificio como los campos se veían descuidados.  Los visitantes no volvieron y ya no tenían vocaciones. El Abad, muy preocupado, decidió visitar otro monasterio floreciente, para consultar sobre su situación. El Abad anfitrión, le escuchó en silencio. Luego le dijo: “Su problema es éste: El Mesías está en medio de ustedes, pero no lo reconocen”. El Abad, intrigado, regresó a su monasterio, reunió a la comunidad y les contó lo que el otro abad había dicho. Los monjes, sorprendidos, se preguntaban ¿Cuál de ellos sería el Mesías? Su actitud empezó a ser diferente. Cuando antes álguien pensaba: “Ahí viene ese pesado. No lo soporto”. Ahora se preguntaba: ¿Qué tal si ese fuera el Mesías? En consecuencia, empezaron a tratarse con respeto y caridad. Energía nueva se infundió en la comunidad. Los campos y el edificio mejoraron. Los visitantes volvieron a venir y las vocaciones aumentaron.

En este tercer domingo de Adviento, encontramos a Juan el Bautista en la cárcel y cercano a la muerte, en manos de Herodes. Antes de morir quería estar seguro de que no había cometido un error al señalar a Jesús como el Mesías enviado por Dios, para salvarnos. Mandó a sus discípulos a preguntarle “ ¿  Eres tú el que iba a venir o esperamos a otro? “  Jesús les manda observar lo que les rodea. En el monasterio que estaba en crisis, los monjes tuvieron que buscar señales de la presencia del Mesías entre ellos. Jesús manda a los mensajeros, contar a Juan lo que vieron: (según lo anunciado por Isaías( “Los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos quedan límpios, los muertos resucitan y la Buena Nueva se proclama a los pobres”. Se necesita algo más, para descubrir la presencia del Reino de Dios, entre nosotros: “Bienaventurados los que no han perdido la fe en mí” . ¿Acaso se refería a Juan? Sí, pero en el sentido de que Juan es el que más fácilmente puede descubrir las señales de la presencia del Mesías. Los mensajeros tenían que estar convencidos de lo que veían para comunicárselo a su maestro. Si no, son como los que dice Isaías: “Oyen pero no entienden, ven pero no perciben”.  Juan es aquel de quien Jesús dijo: “Feliz el que no ha perdido la fe en mí”.  La pregunta pendiente es: ¿Cómo reconocemos las señales de que el Reino de Dios está presente entre nosotros hoy? La respuesta es la misma, como en tiempo de Jesús: “ Los ciegos ven, los sordos oyen, la Buena Nueva es proclamada a los pobres”.  Mucha gente hoy día, no tiene cómo defenderse. Son los sin voz, entre nosotros. Pero nosotros podemos hablar por ellos, y hacerles ver sus derechos. No podemos permanecer indiferentes ante las injusticias. Cuando hacemos algo para remediarlo, proclamamos la Buena Nueva. Aunque no podamos curar a los leprosos, si podemos hacer que nadie, en nuestra presencia, se sienta inferior o excluído. Juan el Bautista fue una figura Profética, como ninguno, pues fue testigo del enviado por Dios para salvarnos. También nosotros, por el Bautismo, nos incorporamos a la acción profética de Jesús. Toda nuestra vida debe ser la proclamación de la Buena Nueva de Salvación. Amén.