III Domingo Ordinario

Fr. Augusto Berrio, SJ

III Domingo Ordinario

3er. Domingo después de Navidad

En los lugares más oscuros, una luz brilla más fuerte. En la actualidad, el que quiera mirar las estrellas tiene que alejarse de la polución de las luces de la ciudad. Para los que vivimos en las ciudades o pueblos, solo las estrellas o planetas más brillantes, son visibles. Nos contentamos con eso, en cambio de la seguridad que nos proporcionan las luces en las calles, porque en la oscuridad nos acechan muchos peligros. Las Escrituras usan el contraste entre la oscuridad y la luz , para describir nuestra relación con Dios: “El pueblo que caminaba en tinieblas” era el pueblo de Israel, que por su infidelidad a Dios, se encontraba desterrado en Babilonia, anhelando el regreso a su tierra, casas y prácticas religiosas. Las posibilidades de lograrlo eran mínimas. Todo era oscuridad para ellos, hasta que el profeta Isaías les mostró una luz de esperanza. Su destierro terminaría y volverían a su tierra, para reconstruír el templo y restaurar la práctica religiosa. Sin embargo la oscuridad no se extinguiría del todo, pues seguirían sometidos al poder de los invasores Persas, Griegos y Romanos. Cuando nació Jesús, estos últimos dominanban, con la colaboración del rey Herodes, su instrumento de dominio, junto con los recolectores de impuestos. El pueblo, deseoso de una libertad verdadera, esperaba esa luz prometida por Isaías, setecientos años antes.

San Mateo, describe en su evangelio, la venida de Jesús, en los mismos términos proféticos: “El pueblo que caminaba en tinieblas, vió una gran luz”. No se trata de una situación política distinta. Esa no es la única oscuridad que los domina, a ellos y a la humanidad. Jesús es la luz que vence la oscuridad verdadera del pecado, que impide a la humanidad alcanzar su destino verdadero, como Hijos e Hijas de un Padre amoroso, en el Reino de los cielos. El proyecto que Jesús comienza, está lejos de ser una revolución política. Supone un cambio de corazón, con la fe en Dios y en nosotros mismos. Por eso, debemos preguntarnos: ¿Si estoy convencido, de verdad, del amor que Dios me tiene, ofreciéndome una relación de amor con Él? Jesús quiere cambiar el mundo, empezando por cada persona, en una nueva vida, como hijos e hijas de Dios. Por eso en el evangelio de hoy, Jesús comienza su proyecto, para traer una nueva luz y revelación al mundo: Llamó a los pescadores Pedro y Andrés, Santiago y Juan. “Síganme y los haré pescadores de hombres”.  Con este grupo pequeño, que gradualmente creció hasta llegar a doce, Jesús recorrió la región proclamando la Buena Nueva, enseñando y sanando a los enfermos. Se trataba de ganarse el corazón y mente de la gente, abriéndolos a la promesa de la vida eterna. Esta misión continúa siendo la misma, para los discípulos de Jesús: Ayudar a la gente a descubrir cómo su destino verdadero, está en el amor a Dios y a los demás. Nuestro desafío está en descubrir la oscuridad verdadera. Muchas luces materiales, nos impiden ver la realidad de Dios en nosotros. Ponemos nuestro éxito humano en adquirir riquezas y conocimiento. Nuestros deseos humanos los tomamos como proyecto de vida. Pero ese proyecto será muy diferente, si empezamos por preguntarnos: ¿ Qué quiere Dios de mí?  Cuando Jesús es la luz de mi vida, empiezo a verlo todo de  una forma muy diferente. Jesús nos invita a seguirlo. Pidamos ojos para ver como Él ve y la voluntad para responder a las necesidades de nuestro mundo con amor y compasión. Amén.

3er. Domingo después de Navidad

En los lugares más oscuros, una luz brilla más fuerte. En la actualidad, el que quiera mirar las estrellas tiene que alejarse de la polución de las luces de la ciudad. Para los que vivimos en las ciudades o pueblos, solo las estrellas o planetas más brillantes, son visibles. Nos contentamos con eso, en cambio de la seguridad que nos proporcionan las luces en las calles, porque en la oscuridad nos acechan muchos peligros. Las Escrituras usan el contraste entre la oscuridad y la luz , para describir nuestra relación con Dios: “El pueblo que caminaba en tinieblas” era el pueblo de Israel, que por su infidelidad a Dios, se encontraba desterrado en Babilonia, anhelando el regreso a su tierra, casas y prácticas religiosas. Las posibilidades de lograrlo eran mínimas. Todo era oscuridad para ellos, hasta que el profeta Isaías les mostró una luz de esperanza. Su destierro terminaría y volverían a su tierra, para reconstruír el templo y restaurar la práctica religiosa. Sin embargo la oscuridad no se extinguiría del todo, pues seguirían sometidos al poder de los invasores Persas, Griegos y Romanos. Cuando nació Jesús, estos últimos dominanban, con la colaboración del rey Herodes, su instrumento de dominio, junto con los recolectores de impuestos. El pueblo, deseoso de una libertad verdadera, esperaba esa luz prometida por Isaías, setecientos años antes.

San Mateo, describe en su evangelio, la venida de Jesús, en los mismos términos proféticos: “El pueblo que caminaba en tinieblas, vió una gran luz”. No se trata de una situación política distinta. Esa no es la única oscuridad que los domina, a ellos y a la humanidad. Jesús es la luz que vence la oscuridad verdadera del pecado, que impide a la humanidad alcanzar su destino verdadero, como Hijos e Hijas de un Padre amoroso, en el Reino de los cielos. El proyecto que Jesús comienza, está lejos de ser una revolución política. Supone un cambio de corazón, con la fe en Dios y en nosotros mismos. Por eso, debemos preguntarnos: ¿Si estoy convencido, de verdad, del amor que Dios me tiene, ofreciéndome una relación de amor con Él? Jesús quiere cambiar el mundo, empezando por cada persona, en una nueva vida, como hijos e hijas de Dios. Por eso en el evangelio de hoy, Jesús comienza su proyecto, para traer una nueva luz y revelación al mundo: Llamó a los pescadores Pedro y Andrés, Santiago y Juan. “Síganme y los haré pescadores de hombres”.  Con este grupo pequeño, que gradualmente creció hasta llegar a doce, Jesús recorrió la región proclamando la Buena Nueva, enseñando y sanando a los enfermos. Se trataba de ganarse el corazón y mente de la gente, abriéndolos a la promesa de la vida eterna. Esta misión continúa siendo la misma, para los discípulos de Jesús: Ayudar a la gente a descubrir cómo su destino verdadero, está en el amor a Dios y a los demás. Nuestro desafío está en descubrir la oscuridad verdadera. Muchas luces materiales, nos impiden ver la realidad de Dios en nosotros. Ponemos nuestro éxito humano en adquirir riquezas y conocimiento. Nuestros deseos humanos los tomamos como proyecto de vida. Pero ese proyecto será muy diferente, si empezamos por preguntarnos: ¿ Qué quiere Dios de mí?  Cuando Jesús es la luz de mi vida, empiezo a verlo todo de  una forma muy diferente. Jesús nos invita a seguirlo. Pidamos ojos para ver como Él ve y la voluntad para responder a las necesidades de nuestro mundo con amor y compasión. Amén.